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"El hombre que no amaba a los perros"

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A los suburbios, cuando yo era chico, no había llegado el asfalto. Calles de tierra, baldío, potreros, campos fértiles para jugar a la pelota, armar la fogata de San Juan y y una pasarela inacabable para los perros sin dueños. Pero había un hombre, mayor y mañoso, huraño y de pésimo carácter que asustaba a los pibes con su sola presencia en aquellas rutas vírgenes del barrio que iba creciendo a medida que llegaban los inmigrantes españoles e italianos. Todos podían ir levantando sus casas de material. Algunas con jardincitos modestos al frente, todas con fondos generosos. Los gallegos armaban huertas, los tanos construían gallineros. El hombre de malos modos hizo que "el hombre de la bolsa" no fuera argumentos suficientes para amenazar al piberío si se portaban mal. El mal estaba ahí. En el barrio incipiente. Y el hombre no amaba a los perros.

Vivía solo y no se le conocía parentela. Tampoco de qué trabajaba. Nadie lo vio trasladarse a algún trabajo. Se decía que vivía de una herencia que había recibido. Habladurías sin comprobación. Los barrios nacientes tenían la impronta de los pueblos. Todos sabían (o suponían) que sabían todo de los vecinos. Allá, en aquella periferia pasaba eso.

El hombre que no amaba a los perros convivía con un montón de perros. En vez de la huerta de los españoles y del gallinero de los italianos, en fondo de su casa había armado un canil de dimensiones respetables. Ahí tenía (guardaba) alrededor de veinte perros. Los recogía de la calle y los encerraba. En esas cuchas que él mismo había construido, enhebrando alambres y fierros viejos. Naturalmente a los animales no les gustaba el encierro y un insoportable coro de ladridos recorría el barrio, sobre todo al atardecer. Suponía yo, apenas un niño, que reclamaban la comida o su libertad. Seguramente eran las dos cosas. El hombre, pacientemente, les llevaba sus raciones. Una por día. Y desde afuera se escuchaban los maltratos: insultos, patadas a las jaulas, de vez en cuando sonaba en el sonido seco contra los metales de las jaulas. Había de todo. Desde caniches que bien podrían ser la mascota de alguna de actriz de fama hasta esos temibles ovejeros que imponía respeto (y temor) con solo ararse sobre sus patas y fijar la mirada. Nadie, pero nadie, en el barrio se animaba a decirle algo al hombre que mantenía cautivos a esos pobres animales. Y con malos modos. Ahora que pasó tanto tiempo, sé que los vecinos esperaban una rebelión, que los perros tuvieran una oportunidad de salir de esa cárcel. El viejo desagradable, contó una vez la dueña del almacén, le había asegurado que él hablaba con los perros. Incluso con aquellos que habían muerto y estaban enterrados cerca del canil. Meras pamplinas. Parecía. Pero algunos creían que era cierto.

El cadáver del hombre que no amaba a los perros fue descubierto días después de su muerte por el olor nauseabundo que se percibían ya desde la puerta de su casa. Una de las noches anteriores, cundo se acercaba el verano, de tanto empujar, los tres ovejeros habían roto sus jaulas. Y ayudaron a romper las otras, hasta las de esos caniches inofensivos. En jauría fueron hasta dentro de la casa y despedazaron a mordiscones al hombre que no amaba a los perros. Luego se fueron por el barrio. A los baldíos. A los potreros. Libres.

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